
La semana pasada releí un libro cuyo título atrapó mi atención desde la primera vez que lo vi: “Manual de la Perfecta Cabrona.” Lo compré no porque me hiciera falta aprender más -- todo el tiempo me han llamado cabrona; incluso mi primo Benito una vez me dijo que era más cabrona que bonita; ¿será verdad? -- sino para ver qué se me estaba escapando y perfeccionarme.
Lo cierto es que reforzó mi actual posición hasta cierto punto feminista, que brotó tras años de abuso y dominancia varonil, en el seno de una familia tradicional donde mi madre me educó para ser una buena esposa. Aprendí a cocinar, bordar, surcir, planchar, lavar y hasta a hacer tortillas a mano. Ella me enseñó todo lo que una mujer debe hacer para tener a su hombre “contento.” Incluso, la sumisión típica de la clásica mujercita. Gracias a Dios eso no lo aprendí bien, y estaba decidida no seguir el “una mujer no hace eso". Claro que me costó el destierro y la aversión de la familia.
Mi abuelita me llamaba “marota” porque me gustaba trepar árboles, disparar carabina, jugar naipes y montar a caballo. Mis tías se escandalizaban con mi comportamiento rebelde y anti conformista, y casi me ponían la señal de cruz cuando me veían llegar. Y es que desde hace muchos años dejé salir a mi cabrona interior, esa que menciona el manual, y que todas llevamos dentro, pero muchas no le permiten aflorar por temor al rechazo y a la soledad. Por temor al qué dirán y a ser juzgadas inclementemente. El libro asegura que “en cada mujer existe una parte integral y poderosa que muchas veces preferimos ignorar; es nuestra cabrona interior.
Ella es fuerte. Valiente. Llama a las cosas por su nombre, no se deja pisotear y puede llegar a amar profundamente sin olvidarse de sí misma". Y esa fue la que afloró en mí desde que era joven. Dejé de ser dócil y aprendí a defenderme y a decir “no” en vez de ser complaciente a costas de mi propia dignidad. Antes temía ser cabrona por la imagen negativa que tienen las mujeres que no se dejan pisotear y que no les importa ser prejuiciadas sólo por expresar sus verdaderos sentimientos.
Sabía que ser cabrona era malo, porque aprendí de mis padres y de la sociedad que nadie quiere a las cabronas sino a las mujeres sencillas y sumisas. Y nosotras, por querer estar dentro de la foto, nos amoldamos a los gustos de los demás. ¿Cuántas veces nos hemos mordido el labio ante la rabia o impotencia por no expresar lo que sentimos, sólo para que no piensen mal de nosotras? ¿Cuántas veces hemos aceptado situaciones degradantes sólo para retener una relación? ¿Cuántas veces hemos acallado el grito interno de la dignidad humana? ¿Cuántas veces hemos sido ignoradas y sonreímos en vez de reclamar nuestros derechos? ¿Hasta cuándo seguiremos fingiendo y justificando una conducta tóxica, en vez de ser nosotras mismas?
Cierto. Ser cabrona tiene un precio. Muchas veces significa la soledad, pues los hombres no toleran a una mujer que no es complaciente y que dice lo que siente. Ser cabrona implica el cuchicheo y la crítica de las mujeres que no se permiten esa libertad. Pero ser cabrona también tiene una recompensa. Es tener el estómago libre de ese puño que te ahorca cada vez que suprimes tus emociones. Ser cabrona te da la libertad de decir lo que quieres y ser como tú quieres.
Siendo cabrona puedes hablar de tus necesidades de todo tipo. Te da la pauta para llegar a tus metas. Ser cabrona es un desafío a las costumbres, pero también es un reclamo a la vida. Es el admitir que tenemos vida propia. Que valemos. Ser cabrona te da el derecho a decir “así soy y qué”. Es el aceptar que nuestro verdadero valor radica en nuestro corazón y no en nuestro cuerpo. Afortunadamente el mundo está cambiando y ahora ser cabrona es digno y respetable.
Y tú, ¿te atreverías a ser cabrona?

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