Autobiographical project for my documentary class at Washtenaw Community College.
Friday, March 5, 2010
Tuesday, June 23, 2009
Saturday, April 4, 2009
El Pago por Cruzar
El precio que pagará Olga, de 16 años, por llegar a Estados Unidos le costará toda la vida. Se llama Claudia Bárbara y pesó poco más de seis libras la tarde que nació en el baño de la casa compartida por cuatro familias, en Santa María, California. Y es producto de la violación que la joven guerrerense sufrió por parte de su cuñado Pánfilo, 26, marido de su hermana Teresa, 18, en una de las siete veces que la familia trató de cruzar la frontera por el desierto de Arizona. Madre e hija fueron llevadas al Hospital Marian de esa ciudad. Y la noche en que serían dadas de alta Olga esperaba a que llegara su padre Juan, 41, con un par de traductoras para llenar las formas requeridas por el hospital. Padre e hija apenas balbucean español. Una de las mujeres traduciría del mixteco al español. La otra, del español al inglés.
La Partida
Como Juan tiene cinco hijos más allá en México de 13, 12, 10, 8 y 6 años de edad, a quienes cuidan los padres de éste, decidió que sus dos hijas mayores --Teresa y Olga, en ese momento de 15-- se vinieran a piscar fresa para ayudar a la familia en México, pues no tienen "ni para la comida".
Llegarían a Santa María, donde Juan y su esposa Petra viven desde hace tres años. La pareja tiene una hija más de un año tres meses, nacida en Santa María. Así, Pánfilo, Teresa y Olga salieron de Gurrero el 15 de enero. Les cobrarían $1,000 "por pasar" a cada uno.
Con el hablar apurado, Olga relata en mixtco a la traductora que salieron caminando de Tijuana y tradaron seis día en llegar a Arizona. Entonces trataron de cruzar por el desierto. Seis Veces los detuvo "la migra". Y hasta la séptima pasaron. En una de esas veces Pánfilo "la agarró" en el monte, cuando todos dormían. Dice que su cuñad la amenazó y le dijo que no gritara. La quinceañera estaba en shock y no pudo pronunciar palabra. Su silencio sobre el nombre del padre de la criatura duró hasta la noche en que los paramédicos la llevaron al hospital para reconocimiento médico a ella y a la recién nacida. Entonces Juan supo que su yerno era el padre de esta su otra nieta.
Más aun. Desde su llegada a Santa María, los tres recién emigrados vivieron con Lucio, Petra y su niña. Siete personas en un cuarto de cuatro por cuatro metros en el área mexicana llamada "Tijuanita". Teresa y Pánfilo se mudaron a otro cuarto tres días antes de que Olga diera a luz.
La Huída
Enterada de que su marido era el padre de su sobrina, Teresa visitó a Olga en el hospital y le recriminó el querer meter a la cárcel a su marido, que entonces quién mantendría a sus dos hijas. Y dicen que hasta el mimo Panfilo anduvo rondando el hospital.
Lo cierto es que Pánfilo fue alertado por sus amigos de que Olga y Juan irían a la estación de policía a denunciar la violación. Y estaban ahí cuando Pánfilo llamó a Juan a su celular y le reclamó por qué quería meterlo a la cárcel. Juan no terminó la discusión porque se quedó sin batería y las traductoras necesitaban información.
Y es que la operadora que contesta el teléfono rojo del lobby les dijo que la víctima tenía que ir a declarar. Así que tuvieron que llamar para que llevaran a Olga a la estación de policía, sin importar que estuviera recién parida. Ella llegó temblando de frío.
El policía que hizo el interrogatorio hablaba medio mocho el español, pero se daba a entender, así que sólo se quedó con la traductora de mixteco, quien tuvo que explicarlo todo, a golpes y tropiezos. Mas lo único que se levantó fue un reporte para enviarlo a Arizona, donde se dice que el delito fue cometido. Necesitarían pruebas de DNA para probar que la niña era de Pánfilo. No detendrían a Pánfilo porque necesitaban pruebas de haber violado a la menor.
Hasta el mismo jefe de policía, Danny Macagni, explicaría, "Los criminales tienen derechos estatales, federales y locaes. No podemos arrestarlo porque no es nuestra jurisdicción. Es inocente hasta que se demuestre que es culpable. Si hizo lo que dicen que hizo a esta joven, tene que ir a prisión. Si está registrado por inmigración, podría ser detenido. Pero es difícil tratar de identificar a gente que no está registrada, que ni se sdabe que existe".
De cualquier modo Pánfilo "se peló" esa misma noche con su mujer y sus dos hijas. Nadie sabe dónde. Y hasta la fecha no se sabe nada de ellos.
El Pan Nuestro...
Vestida con una larga falda floreada, una playera color naranja y huaraches, la delgada cara de Olga resalta más por su negra, gruesa y larga trenza. Amamanta a su beba. Luego la deposita en un moisés de encaje azul que le regaló su compañera de cuarto del hospital. Juan está sentado en una pequeña lonchera de plástico azul. Su mujer está amonada en el piso. Viven en ese cuarto desde hace nueve meses, y pagan $140 por cada adulto --los niños viven gratis. La casa tiene tres habitaciones más, todas habitadas por diferentes familias.
Por cama tienen dos colchones, uno encima del otro, que separan y extienden en la alfombra cuando se van a dormir. No tienen sábanas, sólo dos cobijas de peluche barato. Junto a la pared de la entrada, a la derecha, una nesa pequeña sostiene un televisor a colores de 17 pulgadas; un pequeño y amarillento horno de microhondas y unos cuantos trastes para comida.
Padre e hija platican que llevaron a Claudia Bárbara al médico para que la vacunaran. Tiene cita hasta dentro de dos meses. Ella tiene derechos porque es ciudadana norteamericana. Olga también debe ir al médico. Ese es otro cantar. Pero al menos pude recibir leche, huevos, queso, cereal, frijoles y lentejas, porque amamanta a su beba.
Juan pisca fresas. A veces sólo cinco o cuatro horas al día. Lo poco que gana es para pagar la renta. Petra trabaja dos días a la semana, también en la fresa. Olga cuida entonces a su hermanita. Nada se sabe de Pánfilo. No contesta su celular. Tampoco se sabe nada de Teresa.
Por habrer sido violada de "este lado", Olga podría obtener una visa U, otorgada a víctimas de crimenes violentos en territorio estadunidense, que le permitiría trabajar legalmente hasta por tres años. Después de eso, inmigración decide si otorga la residencia permanente a las víctimas.
Ahora todo queda en manos de Dios y de las buenas almas que ayuden a Olga y a su recién nacida.
Wednesday, February 25, 2009
Una Perfecta Cabrona

La semana pasada releí un libro cuyo título atrapó mi atención desde la primera vez que lo vi: “Manual de la Perfecta Cabrona.” Lo compré no porque me hiciera falta aprender más -- todo el tiempo me han llamado cabrona; incluso mi primo Benito una vez me dijo que era más cabrona que bonita; ¿será verdad? -- sino para ver qué se me estaba escapando y perfeccionarme.
Lo cierto es que reforzó mi actual posición hasta cierto punto feminista, que brotó tras años de abuso y dominancia varonil, en el seno de una familia tradicional donde mi madre me educó para ser una buena esposa. Aprendí a cocinar, bordar, surcir, planchar, lavar y hasta a hacer tortillas a mano. Ella me enseñó todo lo que una mujer debe hacer para tener a su hombre “contento.” Incluso, la sumisión típica de la clásica mujercita. Gracias a Dios eso no lo aprendí bien, y estaba decidida no seguir el “una mujer no hace eso". Claro que me costó el destierro y la aversión de la familia.
Mi abuelita me llamaba “marota” porque me gustaba trepar árboles, disparar carabina, jugar naipes y montar a caballo. Mis tías se escandalizaban con mi comportamiento rebelde y anti conformista, y casi me ponían la señal de cruz cuando me veían llegar. Y es que desde hace muchos años dejé salir a mi cabrona interior, esa que menciona el manual, y que todas llevamos dentro, pero muchas no le permiten aflorar por temor al rechazo y a la soledad. Por temor al qué dirán y a ser juzgadas inclementemente. El libro asegura que “en cada mujer existe una parte integral y poderosa que muchas veces preferimos ignorar; es nuestra cabrona interior.
Ella es fuerte. Valiente. Llama a las cosas por su nombre, no se deja pisotear y puede llegar a amar profundamente sin olvidarse de sí misma". Y esa fue la que afloró en mí desde que era joven. Dejé de ser dócil y aprendí a defenderme y a decir “no” en vez de ser complaciente a costas de mi propia dignidad. Antes temía ser cabrona por la imagen negativa que tienen las mujeres que no se dejan pisotear y que no les importa ser prejuiciadas sólo por expresar sus verdaderos sentimientos.
Sabía que ser cabrona era malo, porque aprendí de mis padres y de la sociedad que nadie quiere a las cabronas sino a las mujeres sencillas y sumisas. Y nosotras, por querer estar dentro de la foto, nos amoldamos a los gustos de los demás. ¿Cuántas veces nos hemos mordido el labio ante la rabia o impotencia por no expresar lo que sentimos, sólo para que no piensen mal de nosotras? ¿Cuántas veces hemos aceptado situaciones degradantes sólo para retener una relación? ¿Cuántas veces hemos acallado el grito interno de la dignidad humana? ¿Cuántas veces hemos sido ignoradas y sonreímos en vez de reclamar nuestros derechos? ¿Hasta cuándo seguiremos fingiendo y justificando una conducta tóxica, en vez de ser nosotras mismas?
Cierto. Ser cabrona tiene un precio. Muchas veces significa la soledad, pues los hombres no toleran a una mujer que no es complaciente y que dice lo que siente. Ser cabrona implica el cuchicheo y la crítica de las mujeres que no se permiten esa libertad. Pero ser cabrona también tiene una recompensa. Es tener el estómago libre de ese puño que te ahorca cada vez que suprimes tus emociones. Ser cabrona te da la libertad de decir lo que quieres y ser como tú quieres.
Siendo cabrona puedes hablar de tus necesidades de todo tipo. Te da la pauta para llegar a tus metas. Ser cabrona es un desafío a las costumbres, pero también es un reclamo a la vida. Es el admitir que tenemos vida propia. Que valemos. Ser cabrona te da el derecho a decir “así soy y qué”. Es el aceptar que nuestro verdadero valor radica en nuestro corazón y no en nuestro cuerpo. Afortunadamente el mundo está cambiando y ahora ser cabrona es digno y respetable.
Y tú, ¿te atreverías a ser cabrona?
El del 5327

Ada vio por primera vez la cara de Ray la medianoche del 31 de octubre. Él no tocó el timbre sino con débiles toquidos llamó a la puerta de su departamento. Ella se sorprendió. No esperaba visitas. No pensaba que fuera Javier ni mucho menos Jimmy.
Como a las 8:30 p.m. un niño de unos cinco años, vestido con un amarillo y rojo disfraz había tocado el timbre. Pero ella, entre asustada y apenada porque no tenía dulces para el “Trick or Treat”, apagó la luz de la cocina.
Segundos después se arrepintió y encendió la luz. Y diciendo “I’m coming” sacó un par de Ding-Dongs del refrigerador. Abrió la puerta y dijo “I am sorry, I wasn’t prepared” --al momento que los ojos del muchachito casi se desorbitaban--, y dejó caer el paquete de pastelillos en la bolsa grande de papel casi vacía del muchachito.
Por eso Ada se sorprendió cuando Ray tocó a su puerta. Estaba desnuda. Apenas había terminado un aromático y espumoso baño en la tina, con todo y velas y una cuba “para relajarse”. Por eso no abrió la puerta. Sólo levantó una de las rendijas de la mini persiana de la puerta y preguntó “Yes?”.
Sintió miedo porque nunca lo había visto. Pero no dejó de admirar al hombre, un atractivo africoamericano con bigote y pestañas largas y chinas que sonrió al ver la desconfianza de Ada. Se limitó a hacer señas. Ada comprendió que él vivía arriba del departamento su departamento y se estaba quejando del volumen de la música. Ada asintió con la cabeza y desapareció de la ventanita de la puerta.
Pero le bajó al volumen en cuanto vio el reloj. Era medianoche. Apagó la música y caminó hacia su recámara una botellita de agua que sacó del refrigerador. Tendida sobre la cobija con estampado de leopardo que había traído de México hacía algunos años, buscó la página donde se había quedado la noche anterior.
En la página 45, T. D. Jakes hablaba sobre las flechas rotas. Leyó unas tres hojas más y prefirió tratar de cambiar la hora a su reloj de cama. Con el estómago hecho nudo leyó las instrucciones. Le chocaba leer esos folletos que complican todo y hacen perder más tiempo que lo que se hace.
Logró cambiar las tres alarmas, radio, buzz y sonido ambiental, que desde que lo compró, unos diez meses atrás, la despertaban a las 4:30 a.m., 6 a.m. y 8 a.m. Se apenaba cuando Jimmy se despertaba por los ruidos de los locos horarios que no lo dejaban dormir a sus anchas. Pero su pereza fue más grande que la pena y nunca hizo el intento por cambiarlas.
Al día siguiente las alarmas sonaron como ella quería. Abrió los ojos. Se rehusaba a levantarse porque se había quedado dormida cerca de la 1 a.m. Y eran las 7:30 a.m. No obstante prendió la televisión y se estiró lo más que pudo. Como había estado a dieta últimamente le daban calambres en los pantorrillas. --Me hace falta calcio--, pensó.
Mas cuando vio que ante el espejo no desaparecían las arrugas que la almohada había dejado en su rostro ni con la crema más cara que les pusiera, avergonzada y triste reconoció que al reloj biológico no le importaba que ella no hubiera disfrutado su adolescencia tratando de recuperarse de traumas pasados.
Hacía varios meses que no tomaba vitaminas. Las Oil Of Olay se le habían acabado y no había querido comprar más por no gastar. Tenía Centrum pero no se le antojaban, las cápsulas estaban muy grandotas y se le atoraban en la garganta durante buen rato. Prefería tomar esas que le prometían una piel más elástica y rejuvenecida. Se había descuidado un poco.
Con el pretexto de la cercana menstruación comía todo lo que le gustara del refri o la despensa. Sobre todo dulce o pan. Le gustaba la dieta del Dr. Atkins porque autorizaba chicharrones y mucha carne. Y a últimas fechas había descubierto que podía tomar vodka, gin y ron. Eso sí, nada de vino ni cerveza. Pero estaba contenta porque al menos podía atarantarse con alguna de las bebidas “autorizadas”.
Esa noche, como no tenía dinero para comprar ninguna de las bebidas autorizadas por su dieta, tomaba sotol. Una botella que un compañero le había llevado para cuando hicieran la próxima fiesta relacionada con la oficina. Ada la había respetado durante muchos meses, casi 10. Pero como decía su abuela “la necesidad tiene cara de hereje”, la destapó. Era su tercer copa, aunque a la botella ya le hacía falta una buena cantidad.
Mientras oía a Louis Armostrong en su desvencijado estéreo, bebía una copita sudada de sotol. Mitigaba el ardor de la bebida con traguitos de una botella de agua semi caliente que tenía junto a la lámpara del buró donde yacía una pila de apuntes de cursos a los que había asistido recientemente. Nunca los había revisado más porque otros pensamientos la acosaban.
Y más desde que vio a su vecino. Siempre estaba atenta para oír los pasos en el departamento de arriba. Entonces sabía que el guapo había llegado. Había visto a Ray todo el tiempo solo. Salía del estacionamiento solo. Regresaba solo, con bolsas de mandado. Y hasta a través del techo, oía sólo un par de pasos.
Por eso durante el día, de cuando en cuando, Ada pensaba en su vecino. Cuando llegaba a su departamento, con la mirada buscaba luz en el de él. Su rostro se ensombrecía al verlo a ocuras. En una ocasión llegó sin esperanza a casa y se vistió cómoda. Puso música. Y destapó la botella de sotol. Bebió. Y bebió. Y bebió. Entonces, a pesar del alto volumen del estéreo, oyó los fuertes pasos del vecino.
Se sobresaltó. Pero con las copitas que ya traía entre pecho y espalda se armó de valor. Apurada se acomodó el largo escote de su entallada blusa con rayas azules que hacía resaltar sus senos talla 38D. Y enfundada en sus pantalones rojos de seda china y zapatillas rojas, salió con una de sus tarjetas en la mano y una pluma, no sin antes pintarse los labios y checar que en su rostro no se notara que había estado llorando.
Envalentonada pero nerviosa subió las escaleras hacia el siguiente piso. En efecto. Había luz en la ventana de su guapo vecino. Y en la cornisa, dos figuritas de porcelana. Una niña con un vestidito zancón. La otra, un niño con sus bracitos extendidos. Ambos africoamericanos. Ada se figuró que Ray tenía dos hijos que no vivían con él sino con la madre. Luego tocó el timbre y dio la espalda a la puerta para que él no la viera cuando se asomara a la puerta.
Ray salió en un jersey gris. Posiblemente vestía un pantaloncillo corto, pero a Ada le dio pena mirar haacia sus piernas. Clavó la vista en sus ojos.
A pesar de querer controlarse se puso nerviosa. Se le complicó más el inglés y sólo atinó a balbucear que le apenaba no haber abierto la puerta la otra noche, que era su vecina y le dio su tarjeta con su número telefónico. “Next time, if the music is to loud, just call me. There is no need for you to go down to tell me.”
Reconoció que el tipo era guapo. Tenía una bella, franca y blanca sonrisa. Sus ojos eran negros también. Reflejaban un brillo interesante. “You are so kind, thank you”, dijo el hombre. What’s your name? –le preguntó.
Ada –dijo. I'm Ray –dijo él-, nice to meet you. Nice to meet you too –contestó ella y se dio la media vuleta para emprender entre nubes el regreso a su departamento. Mentalmente se reprochaba no haber podido controlar su nerviosismo. El inglés se le olvidó y la lengua se le trabó y hasta se preguntaba si el hombre, Ray –como se llamaba su ex novio que recientemente la había cortado de nuevo por otra- había oercibido su aliento alcohólico.
Regresó a su departamento y se dedicó a oír música. A seguir comiendo y tomando. Se había prometido que a partir del 1 de diciembre comenzaría de nuevo su dieta. Pero no fue así. Era casi medianoche y se sentía atiborrada. No quería tomar el té chino “de las bailarinas” para purgarse porque estaba menstruando y las instruciones decían que no debía tomarlo en esas fechas.
Tenía un par de películas que podía mirar, pero no quería acostarse con el estómago lleno. Tenía ganas de vomitar. Estaba mareada y cansada. Se convenció que sería mejor tomar Metamucil al día siguiente, y mientras tanto tener calma y entender su cuerpo, su alma lastimada sobre todo por los acontecimientos mañaneros.
Ada no quería recordar los últimos eventos que la habían llevado al extremo de evadirse a solas cada noche en aras del alcohol, a solas en su departamento. La forma en que su jefa le hablaba, cómo la trataba y hasta cómo la miraba, le dictaban que Rita no la toleraba.
Por eso cada noche, luego de su ardua labor física en la estética donde daba masajes, llegaba a casa y se servía uno. Dos. Tres. O más. Los tragos suficientes para quedarse dormida. Por eso se aferró a la volátil presencia de Javier. Luego, a la de Jimmy. Y ahora a la de Ray, su vecino del 5327.
Se reía de su atrevimiento cuando escuchó pasos en el departamento de arriba. Su vecino guapo había llegado. Esa la mañana le había preguntado a Lora, su empleada favorita del Leasing Center, cuántas personas vivían en el departamento 5327 y desde cuándo.
Ella le explicó que el vecino se había ido a quejar de a música cuando ella apenas había salido de su baño en la tina. Lora y la otra empleada --una que hablaba español--, se rieron emocionadas y mencionaron que el tipo era “cute”. “Le hubieras dicho que te acompañara”, le dijeron ambas a Ada. Supo que vivía solo desde agosto en Vista del Lago.
Así siguió atenta para oír los pasos en el departamento de arriba para saber que el hombre había llegado.
Aquella noche había bebido más de la cuenta y le marcó por teléfono al vecino. Entre la plática, Ada le dijo que por las dos figuritas que había visto en su ventana asumía que tenía dos hijos. Él enseguida le replicó que con voz fuerte “I have no children”. Él le dijo que había visto la noche en que ella arrojó la cajetilla de cigarros y le preguntó por qué lo hizo. Ella se había arrepentido de haber fumado tres cuando hacía ocho meses que había dejado el tabaco y decidió arrojar lejos la tentación, sin saber que otra muy fuerte había llegado.
Ada se sintió halagada y asumió que él estaba interesado en ella. Siguieron platicando y no supo en qué momento se quedó dormida. Desde entonces quedó prendada de Ray.
Cada tarde o noche, luego de sus desesperados y locos avatares nerviosos provocados por los contínuos conflictos con su jefa, Ada llegaba a casa y prendía el estéreo con música americana romántica. Y le subía al volumen cuando escuchaba pasos en el piso de arriba.
Se servía una copa de licor o vino. Lo que tuviera a la mano. Y se recostaba en el sillón que recientemente había comprado luego de vivir un año en ese mismo departamento.
Noche tras noche Ada sobrevivía los problemas del día con la esperanza de llegar a casa y escuchar la presencia de Ray. Poco a poco, sin saber cómo, “el del 5327” se había convertido en su amante. Le daba comfort saberse acompañada y amada por el “moreno” de mirar coqueto que ya era su obsesión.
Se acostaba feliz pensando en él. Sentía sus brazos fuertes alrededor de su cintura y de sus caderas, apretando su pecho contra los suyos. Y Ray la amaba. Le decía que ella era todo para él. Que era maravillosa haciendo el amor. Que nunca la dejaría. Cada semana Ada compraba flores para que su amado las oliera al llegar. Dejaba volar su imaginación. Sólo con ese ritual podía sobrevivir cada día.
Durante seis meses Ada amó locamente a su vecino. Había quedado inmensamente apenada de aquella vez que borracha se había quedado dormida cuando conversaba con él. Por eso nunca le volvió a llamar hasta que esa noche del viernes vio luz en el departamento de Ray y se armó nuevamente de valor.
Subió enfundada en un atractivo vestido rojo. Y a pesar de tocar varias veces el timbre, y golpear suavemente la puerta con los nudillos de su mano izquierda, Ray no le abrió sino que apagó la luz. Con la cabeza baja, Ada volvió sobre sus pasos y regresó avergonzada y humillada a su departamento, a tomar más vino.
Al día siguiente, con un terrible dolor de cabeza por la “cruda” fue al leasing center a pagar su renta. Saludó a Lora y empezó a platicar de banalidades. Luego, como si no tuviera importancia, le preguntó por Ray. El rostro de Lora se ensombreció y se mordió el labio inferior. “You don’t know?” –What? What happened? –Ada cuestionó, ansiosa.
The guy got killed six months ago in a car accident near here -contestó otra empleada del lugar- he was coming back to pick up a package. And never made it. His family picked up his belongings. His apartment has been empty since then. Nobody lives there.
Como a las 8:30 p.m. un niño de unos cinco años, vestido con un amarillo y rojo disfraz había tocado el timbre. Pero ella, entre asustada y apenada porque no tenía dulces para el “Trick or Treat”, apagó la luz de la cocina.
Segundos después se arrepintió y encendió la luz. Y diciendo “I’m coming” sacó un par de Ding-Dongs del refrigerador. Abrió la puerta y dijo “I am sorry, I wasn’t prepared” --al momento que los ojos del muchachito casi se desorbitaban--, y dejó caer el paquete de pastelillos en la bolsa grande de papel casi vacía del muchachito.
Por eso Ada se sorprendió cuando Ray tocó a su puerta. Estaba desnuda. Apenas había terminado un aromático y espumoso baño en la tina, con todo y velas y una cuba “para relajarse”. Por eso no abrió la puerta. Sólo levantó una de las rendijas de la mini persiana de la puerta y preguntó “Yes?”.
Sintió miedo porque nunca lo había visto. Pero no dejó de admirar al hombre, un atractivo africoamericano con bigote y pestañas largas y chinas que sonrió al ver la desconfianza de Ada. Se limitó a hacer señas. Ada comprendió que él vivía arriba del departamento su departamento y se estaba quejando del volumen de la música. Ada asintió con la cabeza y desapareció de la ventanita de la puerta.
Pero le bajó al volumen en cuanto vio el reloj. Era medianoche. Apagó la música y caminó hacia su recámara una botellita de agua que sacó del refrigerador. Tendida sobre la cobija con estampado de leopardo que había traído de México hacía algunos años, buscó la página donde se había quedado la noche anterior.
En la página 45, T. D. Jakes hablaba sobre las flechas rotas. Leyó unas tres hojas más y prefirió tratar de cambiar la hora a su reloj de cama. Con el estómago hecho nudo leyó las instrucciones. Le chocaba leer esos folletos que complican todo y hacen perder más tiempo que lo que se hace.
Logró cambiar las tres alarmas, radio, buzz y sonido ambiental, que desde que lo compró, unos diez meses atrás, la despertaban a las 4:30 a.m., 6 a.m. y 8 a.m. Se apenaba cuando Jimmy se despertaba por los ruidos de los locos horarios que no lo dejaban dormir a sus anchas. Pero su pereza fue más grande que la pena y nunca hizo el intento por cambiarlas.
Al día siguiente las alarmas sonaron como ella quería. Abrió los ojos. Se rehusaba a levantarse porque se había quedado dormida cerca de la 1 a.m. Y eran las 7:30 a.m. No obstante prendió la televisión y se estiró lo más que pudo. Como había estado a dieta últimamente le daban calambres en los pantorrillas. --Me hace falta calcio--, pensó.
Mas cuando vio que ante el espejo no desaparecían las arrugas que la almohada había dejado en su rostro ni con la crema más cara que les pusiera, avergonzada y triste reconoció que al reloj biológico no le importaba que ella no hubiera disfrutado su adolescencia tratando de recuperarse de traumas pasados.
Hacía varios meses que no tomaba vitaminas. Las Oil Of Olay se le habían acabado y no había querido comprar más por no gastar. Tenía Centrum pero no se le antojaban, las cápsulas estaban muy grandotas y se le atoraban en la garganta durante buen rato. Prefería tomar esas que le prometían una piel más elástica y rejuvenecida. Se había descuidado un poco.
Con el pretexto de la cercana menstruación comía todo lo que le gustara del refri o la despensa. Sobre todo dulce o pan. Le gustaba la dieta del Dr. Atkins porque autorizaba chicharrones y mucha carne. Y a últimas fechas había descubierto que podía tomar vodka, gin y ron. Eso sí, nada de vino ni cerveza. Pero estaba contenta porque al menos podía atarantarse con alguna de las bebidas “autorizadas”.
Esa noche, como no tenía dinero para comprar ninguna de las bebidas autorizadas por su dieta, tomaba sotol. Una botella que un compañero le había llevado para cuando hicieran la próxima fiesta relacionada con la oficina. Ada la había respetado durante muchos meses, casi 10. Pero como decía su abuela “la necesidad tiene cara de hereje”, la destapó. Era su tercer copa, aunque a la botella ya le hacía falta una buena cantidad.
Mientras oía a Louis Armostrong en su desvencijado estéreo, bebía una copita sudada de sotol. Mitigaba el ardor de la bebida con traguitos de una botella de agua semi caliente que tenía junto a la lámpara del buró donde yacía una pila de apuntes de cursos a los que había asistido recientemente. Nunca los había revisado más porque otros pensamientos la acosaban.
Y más desde que vio a su vecino. Siempre estaba atenta para oír los pasos en el departamento de arriba. Entonces sabía que el guapo había llegado. Había visto a Ray todo el tiempo solo. Salía del estacionamiento solo. Regresaba solo, con bolsas de mandado. Y hasta a través del techo, oía sólo un par de pasos.
Por eso durante el día, de cuando en cuando, Ada pensaba en su vecino. Cuando llegaba a su departamento, con la mirada buscaba luz en el de él. Su rostro se ensombrecía al verlo a ocuras. En una ocasión llegó sin esperanza a casa y se vistió cómoda. Puso música. Y destapó la botella de sotol. Bebió. Y bebió. Y bebió. Entonces, a pesar del alto volumen del estéreo, oyó los fuertes pasos del vecino.
Se sobresaltó. Pero con las copitas que ya traía entre pecho y espalda se armó de valor. Apurada se acomodó el largo escote de su entallada blusa con rayas azules que hacía resaltar sus senos talla 38D. Y enfundada en sus pantalones rojos de seda china y zapatillas rojas, salió con una de sus tarjetas en la mano y una pluma, no sin antes pintarse los labios y checar que en su rostro no se notara que había estado llorando.
Envalentonada pero nerviosa subió las escaleras hacia el siguiente piso. En efecto. Había luz en la ventana de su guapo vecino. Y en la cornisa, dos figuritas de porcelana. Una niña con un vestidito zancón. La otra, un niño con sus bracitos extendidos. Ambos africoamericanos. Ada se figuró que Ray tenía dos hijos que no vivían con él sino con la madre. Luego tocó el timbre y dio la espalda a la puerta para que él no la viera cuando se asomara a la puerta.
Ray salió en un jersey gris. Posiblemente vestía un pantaloncillo corto, pero a Ada le dio pena mirar haacia sus piernas. Clavó la vista en sus ojos.
A pesar de querer controlarse se puso nerviosa. Se le complicó más el inglés y sólo atinó a balbucear que le apenaba no haber abierto la puerta la otra noche, que era su vecina y le dio su tarjeta con su número telefónico. “Next time, if the music is to loud, just call me. There is no need for you to go down to tell me.”
Reconoció que el tipo era guapo. Tenía una bella, franca y blanca sonrisa. Sus ojos eran negros también. Reflejaban un brillo interesante. “You are so kind, thank you”, dijo el hombre. What’s your name? –le preguntó.
Ada –dijo. I'm Ray –dijo él-, nice to meet you. Nice to meet you too –contestó ella y se dio la media vuleta para emprender entre nubes el regreso a su departamento. Mentalmente se reprochaba no haber podido controlar su nerviosismo. El inglés se le olvidó y la lengua se le trabó y hasta se preguntaba si el hombre, Ray –como se llamaba su ex novio que recientemente la había cortado de nuevo por otra- había oercibido su aliento alcohólico.
Regresó a su departamento y se dedicó a oír música. A seguir comiendo y tomando. Se había prometido que a partir del 1 de diciembre comenzaría de nuevo su dieta. Pero no fue así. Era casi medianoche y se sentía atiborrada. No quería tomar el té chino “de las bailarinas” para purgarse porque estaba menstruando y las instruciones decían que no debía tomarlo en esas fechas.
Tenía un par de películas que podía mirar, pero no quería acostarse con el estómago lleno. Tenía ganas de vomitar. Estaba mareada y cansada. Se convenció que sería mejor tomar Metamucil al día siguiente, y mientras tanto tener calma y entender su cuerpo, su alma lastimada sobre todo por los acontecimientos mañaneros.
Ada no quería recordar los últimos eventos que la habían llevado al extremo de evadirse a solas cada noche en aras del alcohol, a solas en su departamento. La forma en que su jefa le hablaba, cómo la trataba y hasta cómo la miraba, le dictaban que Rita no la toleraba.
Por eso cada noche, luego de su ardua labor física en la estética donde daba masajes, llegaba a casa y se servía uno. Dos. Tres. O más. Los tragos suficientes para quedarse dormida. Por eso se aferró a la volátil presencia de Javier. Luego, a la de Jimmy. Y ahora a la de Ray, su vecino del 5327.
Se reía de su atrevimiento cuando escuchó pasos en el departamento de arriba. Su vecino guapo había llegado. Esa la mañana le había preguntado a Lora, su empleada favorita del Leasing Center, cuántas personas vivían en el departamento 5327 y desde cuándo.
Ella le explicó que el vecino se había ido a quejar de a música cuando ella apenas había salido de su baño en la tina. Lora y la otra empleada --una que hablaba español--, se rieron emocionadas y mencionaron que el tipo era “cute”. “Le hubieras dicho que te acompañara”, le dijeron ambas a Ada. Supo que vivía solo desde agosto en Vista del Lago.
Así siguió atenta para oír los pasos en el departamento de arriba para saber que el hombre había llegado.
Aquella noche había bebido más de la cuenta y le marcó por teléfono al vecino. Entre la plática, Ada le dijo que por las dos figuritas que había visto en su ventana asumía que tenía dos hijos. Él enseguida le replicó que con voz fuerte “I have no children”. Él le dijo que había visto la noche en que ella arrojó la cajetilla de cigarros y le preguntó por qué lo hizo. Ella se había arrepentido de haber fumado tres cuando hacía ocho meses que había dejado el tabaco y decidió arrojar lejos la tentación, sin saber que otra muy fuerte había llegado.
Ada se sintió halagada y asumió que él estaba interesado en ella. Siguieron platicando y no supo en qué momento se quedó dormida. Desde entonces quedó prendada de Ray.
Cada tarde o noche, luego de sus desesperados y locos avatares nerviosos provocados por los contínuos conflictos con su jefa, Ada llegaba a casa y prendía el estéreo con música americana romántica. Y le subía al volumen cuando escuchaba pasos en el piso de arriba.
Se servía una copa de licor o vino. Lo que tuviera a la mano. Y se recostaba en el sillón que recientemente había comprado luego de vivir un año en ese mismo departamento.
Noche tras noche Ada sobrevivía los problemas del día con la esperanza de llegar a casa y escuchar la presencia de Ray. Poco a poco, sin saber cómo, “el del 5327” se había convertido en su amante. Le daba comfort saberse acompañada y amada por el “moreno” de mirar coqueto que ya era su obsesión.
Se acostaba feliz pensando en él. Sentía sus brazos fuertes alrededor de su cintura y de sus caderas, apretando su pecho contra los suyos. Y Ray la amaba. Le decía que ella era todo para él. Que era maravillosa haciendo el amor. Que nunca la dejaría. Cada semana Ada compraba flores para que su amado las oliera al llegar. Dejaba volar su imaginación. Sólo con ese ritual podía sobrevivir cada día.
Durante seis meses Ada amó locamente a su vecino. Había quedado inmensamente apenada de aquella vez que borracha se había quedado dormida cuando conversaba con él. Por eso nunca le volvió a llamar hasta que esa noche del viernes vio luz en el departamento de Ray y se armó nuevamente de valor.
Subió enfundada en un atractivo vestido rojo. Y a pesar de tocar varias veces el timbre, y golpear suavemente la puerta con los nudillos de su mano izquierda, Ray no le abrió sino que apagó la luz. Con la cabeza baja, Ada volvió sobre sus pasos y regresó avergonzada y humillada a su departamento, a tomar más vino.
Al día siguiente, con un terrible dolor de cabeza por la “cruda” fue al leasing center a pagar su renta. Saludó a Lora y empezó a platicar de banalidades. Luego, como si no tuviera importancia, le preguntó por Ray. El rostro de Lora se ensombreció y se mordió el labio inferior. “You don’t know?” –What? What happened? –Ada cuestionó, ansiosa.
The guy got killed six months ago in a car accident near here -contestó otra empleada del lugar- he was coming back to pick up a package. And never made it. His family picked up his belongings. His apartment has been empty since then. Nobody lives there.
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