Wednesday, February 25, 2009

El del 5327


Ada vio por primera vez la cara de Ray la medianoche del 31 de octubre. Él no tocó el timbre sino con débiles toquidos llamó a la puerta de su departamento. Ella se sorprendió. No esperaba visitas. No pensaba que fuera Javier ni mucho menos Jimmy.
Como a las 8:30 p.m. un niño de unos cinco años, vestido con un amarillo y rojo disfraz había tocado el timbre. Pero ella, entre asustada y apenada porque no tenía dulces para el “Trick or Treat”, apagó la luz de la cocina.

Segundos después se arrepintió y encendió la luz. Y diciendo “I’m coming” sacó un par de Ding-Dongs del refrigerador. Abrió la puerta y dijo “I am sorry, I wasn’t prepared” --al momento que los ojos del muchachito casi se desorbitaban--, y dejó caer el paquete de pastelillos en la bolsa grande de papel casi vacía del muchachito.

Por eso Ada se sorprendió cuando Ray tocó a su puerta. Estaba desnuda. Apenas había terminado un aromático y espumoso baño en la tina, con todo y velas y una cuba “para relajarse”. Por eso no abrió la puerta. Sólo levantó una de las rendijas de la mini persiana de la puerta y preguntó “Yes?”.

Sintió miedo porque nunca lo había visto. Pero no dejó de admirar al hombre, un atractivo africoamericano con bigote y pestañas largas y chinas que sonrió al ver la desconfianza de Ada. Se limitó a hacer señas. Ada comprendió que él vivía arriba del departamento su departamento y se estaba quejando del volumen de la música. Ada asintió con la cabeza y desapareció de la ventanita de la puerta.

Pero le bajó al volumen en cuanto vio el reloj. Era medianoche. Apagó la música y caminó hacia su recámara una botellita de agua que sacó del refrigerador. Tendida sobre la cobija con estampado de leopardo que había traído de México hacía algunos años, buscó la página donde se había quedado la noche anterior.

En la página 45, T. D. Jakes hablaba sobre las flechas rotas. Leyó unas tres hojas más y prefirió tratar de cambiar la hora a su reloj de cama. Con el estómago hecho nudo leyó las instrucciones. Le chocaba leer esos folletos que complican todo y hacen perder más tiempo que lo que se hace.

Logró cambiar las tres alarmas, radio, buzz y sonido ambiental, que desde que lo compró, unos diez meses atrás, la despertaban a las 4:30 a.m., 6 a.m. y 8 a.m. Se apenaba cuando Jimmy se despertaba por los ruidos de los locos horarios que no lo dejaban dormir a sus anchas. Pero su pereza fue más grande que la pena y nunca hizo el intento por cambiarlas.

Al día siguiente las alarmas sonaron como ella quería. Abrió los ojos. Se rehusaba a levantarse porque se había quedado dormida cerca de la 1 a.m. Y eran las 7:30 a.m. No obstante prendió la televisión y se estiró lo más que pudo. Como había estado a dieta últimamente le daban calambres en los pantorrillas. --Me hace falta calcio--, pensó.

Mas cuando vio que ante el espejo no desaparecían las arrugas que la almohada había dejado en su rostro ni con la crema más cara que les pusiera, avergonzada y triste reconoció que al reloj biológico no le importaba que ella no hubiera disfrutado su adolescencia tratando de recuperarse de traumas pasados.

Hacía varios meses que no tomaba vitaminas. Las Oil Of Olay se le habían acabado y no había querido comprar más por no gastar. Tenía Centrum pero no se le antojaban, las cápsulas estaban muy grandotas y se le atoraban en la garganta durante buen rato. Prefería tomar esas que le prometían una piel más elástica y rejuvenecida. Se había descuidado un poco.

Con el pretexto de la cercana menstruación comía todo lo que le gustara del refri o la despensa. Sobre todo dulce o pan. Le gustaba la dieta del Dr. Atkins porque autorizaba chicharrones y mucha carne. Y a últimas fechas había descubierto que podía tomar vodka, gin y ron. Eso sí, nada de vino ni cerveza. Pero estaba contenta porque al menos podía atarantarse con alguna de las bebidas “autorizadas”.

Esa noche, como no tenía dinero para comprar ninguna de las bebidas autorizadas por su dieta, tomaba sotol. Una botella que un compañero le había llevado para cuando hicieran la próxima fiesta relacionada con la oficina. Ada la había respetado durante muchos meses, casi 10. Pero como decía su abuela “la necesidad tiene cara de hereje”, la destapó. Era su tercer copa, aunque a la botella ya le hacía falta una buena cantidad.

Mientras oía a Louis Armostrong en su desvencijado estéreo, bebía una copita sudada de sotol. Mitigaba el ardor de la bebida con traguitos de una botella de agua semi caliente que tenía junto a la lámpara del buró donde yacía una pila de apuntes de cursos a los que había asistido recientemente. Nunca los había revisado más porque otros pensamientos la acosaban.

Y más desde que vio a su vecino. Siempre estaba atenta para oír los pasos en el departamento de arriba. Entonces sabía que el guapo había llegado. Había visto a Ray todo el tiempo solo. Salía del estacionamiento solo. Regresaba solo, con bolsas de mandado. Y hasta a través del techo, oía sólo un par de pasos.

Por eso durante el día, de cuando en cuando, Ada pensaba en su vecino. Cuando llegaba a su departamento, con la mirada buscaba luz en el de él. Su rostro se ensombrecía al verlo a ocuras. En una ocasión llegó sin esperanza a casa y se vistió cómoda. Puso música. Y destapó la botella de sotol. Bebió. Y bebió. Y bebió. Entonces, a pesar del alto volumen del estéreo, oyó los fuertes pasos del vecino.

Se sobresaltó. Pero con las copitas que ya traía entre pecho y espalda se armó de valor. Apurada se acomodó el largo escote de su entallada blusa con rayas azules que hacía resaltar sus senos talla 38D. Y enfundada en sus pantalones rojos de seda china y zapatillas rojas, salió con una de sus tarjetas en la mano y una pluma, no sin antes pintarse los labios y checar que en su rostro no se notara que había estado llorando.

Envalentonada pero nerviosa subió las escaleras hacia el siguiente piso. En efecto. Había luz en la ventana de su guapo vecino. Y en la cornisa, dos figuritas de porcelana. Una niña con un vestidito zancón. La otra, un niño con sus bracitos extendidos. Ambos africoamericanos. Ada se figuró que Ray tenía dos hijos que no vivían con él sino con la madre. Luego tocó el timbre y dio la espalda a la puerta para que él no la viera cuando se asomara a la puerta.

Ray salió en un jersey gris. Posiblemente vestía un pantaloncillo corto, pero a Ada le dio pena mirar haacia sus piernas. Clavó la vista en sus ojos.

A pesar de querer controlarse se puso nerviosa. Se le complicó más el inglés y sólo atinó a balbucear que le apenaba no haber abierto la puerta la otra noche, que era su vecina y le dio su tarjeta con su número telefónico. “Next time, if the music is to loud, just call me. There is no need for you to go down to tell me.”

Reconoció que el tipo era guapo. Tenía una bella, franca y blanca sonrisa. Sus ojos eran negros también. Reflejaban un brillo interesante. “You are so kind, thank you”, dijo el hombre. What’s your name? –le preguntó.

Ada –dijo. I'm Ray –dijo él-, nice to meet you. Nice to meet you too –contestó ella y se dio la media vuleta para emprender entre nubes el regreso a su departamento. Mentalmente se reprochaba no haber podido controlar su nerviosismo. El inglés se le olvidó y la lengua se le trabó y hasta se preguntaba si el hombre, Ray –como se llamaba su ex novio que recientemente la había cortado de nuevo por otra- había oercibido su aliento alcohólico.

Regresó a su departamento y se dedicó a oír música. A seguir comiendo y tomando. Se había prometido que a partir del 1 de diciembre comenzaría de nuevo su dieta. Pero no fue así. Era casi medianoche y se sentía atiborrada. No quería tomar el té chino “de las bailarinas” para purgarse porque estaba menstruando y las instruciones decían que no debía tomarlo en esas fechas.

Tenía un par de películas que podía mirar, pero no quería acostarse con el estómago lleno. Tenía ganas de vomitar. Estaba mareada y cansada. Se convenció que sería mejor tomar Metamucil al día siguiente, y mientras tanto tener calma y entender su cuerpo, su alma lastimada sobre todo por los acontecimientos mañaneros.

Ada no quería recordar los últimos eventos que la habían llevado al extremo de evadirse a solas cada noche en aras del alcohol, a solas en su departamento. La forma en que su jefa le hablaba, cómo la trataba y hasta cómo la miraba, le dictaban que Rita no la toleraba.
Por eso cada noche, luego de su ardua labor física en la estética donde daba masajes, llegaba a casa y se servía uno. Dos. Tres. O más. Los tragos suficientes para quedarse dormida. Por eso se aferró a la volátil presencia de Javier. Luego, a la de Jimmy. Y ahora a la de Ray, su vecino del 5327.

Se reía de su atrevimiento cuando escuchó pasos en el departamento de arriba. Su vecino guapo había llegado. Esa la mañana le había preguntado a Lora, su empleada favorita del Leasing Center, cuántas personas vivían en el departamento 5327 y desde cuándo.
Ella le explicó que el vecino se había ido a quejar de a música cuando ella apenas había salido de su baño en la tina. Lora y la otra empleada --una que hablaba español--, se rieron emocionadas y mencionaron que el tipo era “cute”. “Le hubieras dicho que te acompañara”, le dijeron ambas a Ada. Supo que vivía solo desde agosto en Vista del Lago.

Así siguió atenta para oír los pasos en el departamento de arriba para saber que el hombre había llegado.

Aquella noche había bebido más de la cuenta y le marcó por teléfono al vecino. Entre la plática, Ada le dijo que por las dos figuritas que había visto en su ventana asumía que tenía dos hijos. Él enseguida le replicó que con voz fuerte “I have no children”. Él le dijo que había visto la noche en que ella arrojó la cajetilla de cigarros y le preguntó por qué lo hizo. Ella se había arrepentido de haber fumado tres cuando hacía ocho meses que había dejado el tabaco y decidió arrojar lejos la tentación, sin saber que otra muy fuerte había llegado.

Ada se sintió halagada y asumió que él estaba interesado en ella. Siguieron platicando y no supo en qué momento se quedó dormida. Desde entonces quedó prendada de Ray.

Cada tarde o noche, luego de sus desesperados y locos avatares nerviosos provocados por los contínuos conflictos con su jefa, Ada llegaba a casa y prendía el estéreo con música americana romántica. Y le subía al volumen cuando escuchaba pasos en el piso de arriba.

Se servía una copa de licor o vino. Lo que tuviera a la mano. Y se recostaba en el sillón que recientemente había comprado luego de vivir un año en ese mismo departamento.

Noche tras noche Ada sobrevivía los problemas del día con la esperanza de llegar a casa y escuchar la presencia de Ray. Poco a poco, sin saber cómo, “el del 5327” se había convertido en su amante. Le daba comfort saberse acompañada y amada por el “moreno” de mirar coqueto que ya era su obsesión.

Se acostaba feliz pensando en él. Sentía sus brazos fuertes alrededor de su cintura y de sus caderas, apretando su pecho contra los suyos. Y Ray la amaba. Le decía que ella era todo para él. Que era maravillosa haciendo el amor. Que nunca la dejaría. Cada semana Ada compraba flores para que su amado las oliera al llegar. Dejaba volar su imaginación. Sólo con ese ritual podía sobrevivir cada día.

Durante seis meses Ada amó locamente a su vecino. Había quedado inmensamente apenada de aquella vez que borracha se había quedado dormida cuando conversaba con él. Por eso nunca le volvió a llamar hasta que esa noche del viernes vio luz en el departamento de Ray y se armó nuevamente de valor.

Subió enfundada en un atractivo vestido rojo. Y a pesar de tocar varias veces el timbre, y golpear suavemente la puerta con los nudillos de su mano izquierda, Ray no le abrió sino que apagó la luz. Con la cabeza baja, Ada volvió sobre sus pasos y regresó avergonzada y humillada a su departamento, a tomar más vino.

Al día siguiente, con un terrible dolor de cabeza por la “cruda” fue al leasing center a pagar su renta. Saludó a Lora y empezó a platicar de banalidades. Luego, como si no tuviera importancia, le preguntó por Ray. El rostro de Lora se ensombreció y se mordió el labio inferior. “You don’t know?” –What? What happened? –Ada cuestionó, ansiosa.

The guy got killed six months ago in a car accident near here -contestó otra empleada del lugar- he was coming back to pick up a package. And never made it. His family picked up his belongings. His apartment has been empty since then. Nobody lives there.

2 comments:

  1. Muy buena historia. Me atrapó desde el primer párrafo. Sin duda retrata pedazos de nuestra vida cuando intentamos amar a la distancia y cuando se toma la decisión de ir más allá, ya es tarde.

    ¡Felicidades Marce!

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  2. Gracias Carlos. Tienes razón, es una mezcla. Nuestra vida está hecha con parte de pedazos.

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